UN POQUILLO DE CULTURILLA DE NUESTRO PUEBLO

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UN POQUILLO DE CULTURILLA DE NUESTRO PUEBLO

Mensaje por maniwar el Dom 04 Abr 2010, 9:50 am





Madrigal de las Altas Torres es, por lo pronto, un pueblo de hermosísimo nombre; casi como un verso renacentista, y tiene un hermosísimo trazado circular; como si fuera el de un plano de ciudad utópica; de manera que todo esto le da una resonancia antigua y de muy variados reflejos, a comenzar por el de su impronta mudéjar tan admirable.
De su viejo pasado quedan algunos edificios notables, además de las iglesias de San Nicolás y Santa María. Hay unas ruinas de un convento de agustinos que fue casa capitular de la provincia de Castilla y en el que se regentaba una cátedra de filosofía, y hay un viejo viejo hospital "totalmente restaurado", que fundó doña María de Aragón, la primera mujer del rey don Juan II de Castilla. Es decir, esta tierra donde, como hidalgo del Lazarillo, hay con harta frecuencia que echar las cuentas de lo que sería si lo que está en ruinas estuviera en pie: aunque las ruinas hablen y lo que en pie se mantiene sea tan hermoso y decidero. Y en pie esta otro convento de monjas agustinas; en el de los frailes murió el Maestro Fray Luis de León, en el de las monjas -que fue palacio real- nació Isabel la Católica. Y naturales de este pueblo fueron otras personas que dieron lustre y dejaron huella en Castilla, en España y más allá: por ejemplo, el obispo don Vasco de Quiroga que fue una figura muy querida y legendaria entre los inditos mejicanos, y el obispo Tostado, de Ávila, una especie de gran intelectual medieval que levantó en sus libros un monumento de saber y conocimientos de aquel tiempo en pleno Renacimiento y cuyo maravilloso sepulcro en la catedral abulense nos le muestra leyendo en su atril eternamente, envuelto en su fabulosa capa de alabastro. Y también de aquí, de Madrigal, era aquel pastelero llamado Espinosa que se prestó a la aventura de hacerse pasar por el rey don Sebastián de Portugal y que, descubierta la impostura, fue ahorcado por ella y, como si en ella creyese muy de veras, sin perder la dignidad: que son cosas todas que se dicen pronto, pero deben ser rumiadas despacio porque componen una hora importante de Castilla y España, y ofrecen fascinantes complicidades y un eco importante en toda la cultura europea.

Por las que rodean el recinto de Madrigal se honra con el distintivo de las Altas Torres la ilustre cuanto abatida villa natal de Isabel la Católica. Derruidas unas, informes otras, algunas enteras todavía, conservan por lo general sus almenas y sus bóvedas y en su parte inferior el pasadizo cubierto por el cual se comunicaban. Las cuatro puertas del muro, bajas y ojivales, toman el nombre de las poblaciones vecinas, titulándose de Arévalo la del este, de Peñaranda la del sur, de Cantalapiedra la del oeste y de Medina la del norte; y defiende a cada una de las dos postreras un magnífico torreón saliente, de planta pentágona, que describe galería a la altura del adarve de la cerca y contiene dos estancias abovedadas y puestas en relación por otra serie de arcos. Castillos se denominan entrambos, al menos el de la puerta occidental, y formaban parte de la imponente fortificación, de que se apoderaban a veces los vecinos para emanciparse del poder de Arévalo y a veces los dominadores para mantenerlos en obediencia.

A los pobladores de Madrigal dio fuero el obispo de Burgos don Pedro, y confirmóselo en 1168 Alfonso VIII; y aunque subordinada a la cercana villa, creció la aldea hasta rivalizar en grandeza con su principal y compartir con ella la frecuente residencia de los reyes. Allí falleció de dos años la infanta Catalina primogénita de Juan II y de la reina María, heredera del trono antes de nacerles varón, en septiembre de 1424; y lejos de hacérsele con esto a la madre enojoso el lugar, lo favoreció en adelante con estancias más largas y repetidas, acompañándola en él su esposo durante el verano de 1430. Con poco aparato, en razón de las revueltas de los tiempos, celebró allí el monarca en agosto de 1447 sus segundas bodas con Isabel de Portugal, que ingrata con el condestable Luna a quien debía la corona, se ocupó desde el principio en preparar su ruina; Madrigal fue uno de los pueblos que se le señalaron en arras, donde más de fijo residió y donde en 22 de abril de 1451 dio a luz a la princesa más insigne de España y tal vez del universo. Nunca olvidó la Católica reina a su humilde patria, en la que tantos días de sosiego había pasado cuando niña al lado de su madre, y tantos luego de inquietud y zozobra cuando ya doncella se la quería obligar a aborrecidos consorcios; y en ella reunió en 1476, apenas asegurada en sus sienes la corona, las primeras cortes del reino para jurar por sucesora a su hija Isabel y reformar la santa Hermandad.

Viven todavía, como si fueran de ayer, entre multitud de hundidas casas y de las que subsisten harto ruines en general, viven en boca de sus pobres y rudos habitantes estos recuerdos grandiosos tan desacordes con lo presente. Si algo se advierte suntuoso en las ruinas de mansiones particulares, es sin duda una portada del renacimiento decorada con delicado friso y con pilastras en su segundo cuerpo, conocida por el arco de piedra, dentro del cual se ha fabricado su vivienda un vecino, que nos refirió la caída de aquellos muros demolidos y sembrados de sal por traición de su dueño contra la majestad soberana. Arco de los caños se apellida una cuadrada torre con almenas y con dos ventanas puramente arábigas. En la cuadrilonga plaza se encuentran las dos parroquias, Santa María y San Nicolás, cada una con dos ábsides guarnecidos de arquería y sin uno de los laterales, la segunda con alta torre reforzada al parecer por un tosco revestimiento de ladrillo, que le quita su gentileza y no viene bien con la octógona aguja del renlate labrada de escamas como la de la Antigua de Valladolid. En medio de ambos templos se levanta otra torre, no parroquial sino perteneciente a la destruida casa del corregidor, donde está aún la campana concejil, e inmediatamente cae el consistorio precedido de un pórtico bajo.

Santa María es de una nave y renovada, pero San Nicolás tiene tres que se comunican por medio de arcos ojivos, y la principal ostenta un precioso techo arabesco de alfarjía, formando en la capilla mayor una ochavada cúpula sobre pechinas estalactíticas, toda brillante de oro y de colores. Bultos de alabastro realzan las urnas sepulcrales puestas a los lados del presbiterio; a la izquierda yacen al pie de una efigie de la Virgen de la Piedad los del señor Rui González de Castañeda y de doña Beatriz González su mujer; a la derecha el de fray Gonzalo Guiral, de la orden de San Juan, comendador de Cubilla, guardado como el otro por un paje que sostiene el yelmo, completando su bellísimo panteón un retablo del renacimiento suspendido en la pared, entre cuyas estriadas columnas campean la desnuda y vigorosa efigie de San Jerónimo con las de la Fe y la Caridad y en la cúspide un excelente Calvario. De las dos capillas colaterales, la de San Juan fue rehecha en 1564 siendo sus patronos los Ruiz de Medina, y la que llaman dorada la dotó en 1514 para entierro de sus antepasados don Pedro de Ribera, obispo de Lugo, construyendo probablemente su bóveda de crucería y su gótica ventana. En la pila de San Nicolás, según tradición, recibió el bautismo la gran reina Isabel.

El palacio donde nació, ocupado después por monjas Agustinas, correspondía a la parte baja del pueblo, y por el lado del pradillo indican aún su primitiva entrada dos gruesas y cuadradas torres unidas por un corredor con celosías de piedra, cuyas habitaciones se llaman ahora las claustrillas. Allí moraron sucesivamente las dos esposas de Juan II, y en frente fundó María de Aragón hacia 1443 un famoso hospital que nada conserva de su fábrica antigua, pues el pórtico alto y bajo de la fachada muestra ser del renacimiento, sin otra cosa de notable que los reales escudos pegados a las columnas y al antepecho; la capilla octógona por fuera fue malamente renovada en 1721, la escalera se adornó a lo churrigueresco, y el patio representa la más pobre estructura del siglo XVI. A la sazón todavía las religiosas poblaban extramuros el convento que les había edificado en una ermita a mediados del XIV una piadosa viuda de Arévalo nombrada María Díaz; en él se dio sepultura en 1424 a la tierna infanta Catalina; en él profesaron por orden de Isabel la Católica hacia 1490 dos hijas naturales de su esposo, doña Maria y doña María Esperanza de Aragón. A instancias de la primera desprendióse el emperador de su palacio en 1525 a favor de la comunidad, y la casa que dejaron pasó a los frailes de la misma orden, adquiriendo nombradía por los muchos capítulos en ella celebrados. Durante el uno murió en 23 de agosto de 1591 el esclarecido fray Luis de León, y tres años después vino a descansar en aquel templo en sepulcro de mármol al lado de sus padres, el nonagenario cardenal don Gaspar de Quiroga; mas no han bastado estos recuerdos ilustres a preservar del hundimiento la suntuosa y moderna fábrica, en cuyos ángulos permanecen aún de pie las torres y en su centro los tres arcos que introducen a la portería.

Las monjas perseveran en la que fue real morada, sin que ni las antiguas ni las nuevas obras demuestren la magnificencia que hubiera podido imprimirles el rango de las infantas allí encerradas en diferentes tiempos. En 1530, verificada apenas la traslación, murió novicia de siete años doña Juana, hija no legítima del César donador del edificio; coincidió con su fallecimiento el de la priora doña María de Aragón. Dos Anas, fruto de la debilidad de dos regios bastardos que nada tuvieron de común sino el nombre de don Juan de Austria y que tan distinto papel hicieron en el reinado de sus respectivos hermanos Felipe II y Carlos II, vistieron aquel hábito, la una en 1589 y en 1679 la otra; la última vivió hasta 1705, dos años después de haber hecho el arco y los retablos colaterales de la iglesia destruidos por un incendio; la primera salió de allí en 1595, anonadada de confusión y de pena, para una reclusión más estrecha en Ávila, y purgada la culpa de su sobrada sencillez, fue más tarde a morir abadesa en las Huelgas de Burgos.

Ah! cómo recordaría la paz de sus juveniles años turbada por las insidiosas pláticas del anciano vicario del convento, tan ingenuo al parecer, que la había escogido por instrumento de sus políticas maquinaciones! la emoción con que creyó reconocer bajo plebeyo disfraz al rey don Sebastián de Portugal su primo, muerto diez y seis arios atrás en opinión del mundo! los finos obsequios, los entusiastas votos, los espléndidos proyectos en que terciaba ella con el astuto fraile y con aquel hombre indefinible, cuyo misterioso imán y fascinadora palabra la llevaron desde la admiración y piedad a un sentimiento más tierno, halagándola con dulces ensueños de esposa y de reina! el cruel y súbito desengaño, el odioso proceso, los mortificantes interrogatorios, la sonrojosa aunque benigna sentencia! las imágenes por último, objeto de horror y lástima a la vez, del supuesto rey y del desgraciado confesor, ahorcado el uno en la plaza de Madrigal y el otro en la de Madrid! Después de Isabel la Católica no hay personaje más familiar en las tradiciones de la villa que el célebre pastelero; de él toma título una calle próxima al convento; indícasela casa que habitó más de un año con una ama y una tierna niña el advenedizo oficial recibiendo frecuentes y encubiertas visitas, y conmueve como un suceso contemporáneo el suplicio que sufrió en la tarde del 1.º de agosto de 1595 el que en medio de confesar la impostura supo mantener aún su aplomo y dignidad. Su verdadero rango y nombre continúan siendo en la historia un enigma: ciertamente no era aquel el caballeresco don Sebastián, pero dudamos que fuese el hombre vulgar y oscuro que decía llamarse Gabriel de Espinosa.

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